24 sept. 2013

El llamado de Dios.


Pascual tiene quizás diez años cuando la mamá, notando la palidez de su carita y el físico un tanto delicado, lo lleva un día al médico de familia, pidiéndole que le prescriba una efectiva cura reconstituyente.
El médico, después de un atento y escrupuloso examen exploratorio, le pregunta: Pascualito, ¿te gusta ir a la escuela?
- Sí, doctor. 
- ¿Y qué estudios te gustaría emprender después de la primaria?
- Los del sacerdote - responde rápidamente el muchacho.
- ¿Tú, sacerdote? Es imposible. Tu físico no podría soportar los estudios prolongados y profundos que se requieren.
La afirmación cae como ducha fría sobre el muchacho y la madre; porque si Pascualito aspira ser sacerdote, la mamá, que desde el nacimiento lo había consagrado a la Virgen, no desea otra cosa.
Terminada la primaria, mientras algunos de sus compañeros toman el camino del sacerdocio, él, por las no florecientes condiciones económicas de la familia, no puede proseguir los estudios y se ve obligado a trabajar, según sus posibilidades, en el taller paterno.
En el pueblo, entre los aspirantes al sacerdocio, hay un joven religioso vecino suyo, es Juan Terracciano de la Congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Él estudia en Secondigliano y todos los años pasa algunos días de vacaciones con su familia.
Para Pascualito es una verdadera alegría encontrarlo y conversar con él escuchando cómo se desarrolla su vida. Se entusiasma siempre más, y un día le pregunta: “Juan, ¿podría ir también yo contigo? Me gustaría llegar a ser como tú”.
Terracciano le promete hablar con los Superiores y, manteniendo la promesa, le consigue realizar un breve examen en Secondigliano, en el cual, con todo, afloran muchos vacíos en su formación intelectual, debido al abandono de los estudios por años.
Sin embargo, considerada esta circunstancia y en vista de su buena voluntad, es aceptado y admitido al noviciado.
No obstante, se requiere una modesta contribución para los gastos de vestición y para los alimentos durante el noviciado, que los padres no están en condiciones de sostener. Pero el Señor sale a su encuentro a través de la generosidad de un tío suyo que se hace cargo totalmente de los gastos.
Transcurridos seis meses de prueba, como se usaba en aquel tiempo, el 1º de mayo de 1902 viste el hábito de la Congregación y empieza, junto con otros aspirantes , el año de noviciado bajo la guía del P. Maestro Francesco Grampone .
Según él dice, el noviciado no se desarrolla entre rosas y flores en cuanto que “no faltan las luchas espirituales, las tentaciones contra la vocación y las humillaciones de parte del Maestro que, viéndolo tímido y sin coraje, lo humilla en público y en privado” .
El 1º de mayo de 1903 emite la primera profesión religiosa. Pero, al retomar los estudios, encuentra dificultades teniendo detrás suyo a sus condiscípulos, más preparados, de tal modo que es presa del desaliento. Sin embargo, con la ayuda del Señor y con su tenaz voluntad, logra superarlo.
Si no es primero en los estudios, lo es en la piedad y en la observancia regular, convirtiéndose en modelo para todos.
Escribe un testigo ocular: “Cuando en septiembre de 1906 entré en el noviciado de Secondigliano, conocí por primera vez al clérigo Pirozzi, al que todos los miembros de la Comunidad amaban como un religioso de virtud singular. Y yo, que apenas salido del mundo, poco o nada sabía de perfección y santidad, lo miraba con un cierto sentimiento de infinito respeto, admiración y simpatía, ya sea por lo bien que me hablaban de él, como por su conducta afable, grave, modesto y recogido, sobre todo en la capilla, durante la oración en común” .
Por sus progresos en la piedad y en el estudio, es admitido a los votos perpetuos, y gradualmente a las Órdenes .
El 5 de julio de 1909 es ordenado sacerdote por Mons. Luigi Finoja en la iglesia de la Dolorosa de Secondigliano.


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